Un remedio contra deslenguados
Mi paso por el mundo de los vivos debo concluirlo como he actuado, trabajando por lo que creo conviene al ser humano.

Por: Ramón Antonio Veras.

El ser humano aprende con el transcurso del tiempo; la realidad del medio donde vive la comprende por las vivencias extraídas del diario batallar; y por la suma de lo   sabido llega a tener el dominio de lo complejo y lo sencillo, de lo simple y lo embrollado.

No resulta fácil entender el proceder de aquellos con los cuales compartimos el medio social donde vivimos. A veces, nunca llagamos a percibir hasta dónde llega el individuo, ni de lo que es capaz de ejecutar o dejar de realizar, por lo que hay que estar preparado para recibir la reacción, el trato agradable y también el despreciable.

Particularmente, vivo convencido de que en un abrir y cerrar de ojos puedo cambiar la opinión que tengo de un individuo que creía leal, y por su actuación presente me doy cuenta que no es más que la falsía hecha persona. El trajinar por el mundo me ha permitido no asombrarme de las inconductas humanas, y mucho menos en una sociedad averiada como la que me ha correspondido vivir.

Porque estoy formado para querer y tener cariño a los demás; estimar sin esperar recompensa; amar con sentido de reciprocidad, jamás he cultivado el odio, ni aborrezco a nadie. Pero no sé claudicar ante el malvado que procura aniquilarme anímicamente para que permanezca disminuido e inconsistente.

 El hecho de llevar en mi cuerpo el sello de la intolerancia política, expresada en el castigo corporal, me ha servido para que me resbale, se deslice de mi mente cualquier expresión hiriente, calificativos afrentosos o la descalificación elaborada por un cerebro letrino. Las injurias no me producen frío ni calor; me dejan calmado, apacible, en absoluto reposo espiritual.

  Por haber aprendido a vivir libre, mantengo mi mente desocupada de chismes y vacía de intrigas, pero llena de amor; colmado de todo lo útil y bueno; atiborrada de ideas que contribuyen a generar la felicidad sin importar que sea para mi aliado o adversario. Las porquerías que salen de las gargantas de los pigmeos no las retengo en mi cabeza. Las olvido

Por mi forma de pensar vivo en paz; relajado porque en mi corazón no hay lugar para guardar pesares. Pierde su tiempo quien procura ponerme tenso, endurecerme y estresarme, porque jamás pierdo el estado de sosiego, la tranquilidad que me acompaña, que no acepta que se rompa mi serenidad.

El tiempo que me queda de vida quiero dedicarlo a tareas relevantes, a lo que es importante para el bien de mi país: lo que puede ser provechoso a mi pueblo en lo material y espiritual. No puedo perder un segundo de mi existencia en lo inútil, en lo inservible. Mi paso por el mundo de los vivos debo concluirlo como he actuado, trabajando por lo que creo conviene al ser humano.

 Tengo la creencia de que lo que eleva a la persona es lo positivo que hace para la colectividad. Nadie llega a ser valorado como eminente por dedicarse a la perversidad, el deshonor y la maldad, taras que están muy presentes en estos momentos en el medio social dominicano.

Solamente compasión merecen aquellos que hacen de la depravación, el desenfreno y la degeneración un ejercicio normal de vida. Hay que ver como una lástima, una pena viviente, a quien tiene como línea de conducta ser infame, diabólico y maligno.

No pierdo de vista que aquellos que dañan el honor de otro por medio de la difamación, están educados para depravar, enviciar y echar a perder lo que es útil a la sociedad. La vileza se aloja con facilidad en la cabeza del maldito que es enemigo jurado de lo bueno, bondadoso y virtuoso.

Mientras los que injurian permanecen llenos de remordimientos, pesarosos y abatidos, sus víctimas se conservan alegres, regocijados y contentos, porque los corazones limpios solo están en los que procuran ver la parte bonita, graciosa y valiosa de la especie humana.

 Hay que cuidarse, abrigarse de los malos designios; curarse en salud de las malas lenguas; hay que tener cuidado de los que sacan fuego de sus gargantas para achicharrar, requemar a quienes solo viven para servir sin esperar recompensa.

Precisamente, para evitar que los malvados me calcinaran, fue que mi inolvidable madre procedió con suma precaución; se le adelanto a los perversos que ella suponía podía encontrarme en el curso de mi vida.

Mi mama no se descuidó; supo guardarme las espaldas; demostró andar con ojo avizor; me curó en salud; con tiempo alejó de mi los peligros; me puso al abrigo de las lenguas sucias.

Aunque han transcurrido casi cuatro décadas de haber fallecido, a mi madre la tengo siempre presente, fija en mi conciencia, con la misma admiración y veneración; cada día la glorifico más y más; sigue siendo mi ídolo y guía espiritual.

 Tengo más que justos motivos para ensalzar, mitificar por entero a mi progenitora; una mujer de origen campesino, analfabeta funcional, y con una inteligencia fuera de lo común, sumamente aguda, que expresaba en sus ojos su agilidad mental.

 Mi vieja era muy perspicaz. Me lo demostró porque un día estando sentado en la sala de nuestra casa, al observarme muy pensativo se acercó y me dijo:   “Negro te noto preocupado, al parecer algo te ha pasado, y tú no estás llamado a turbarte por nada en la vida”.

Al escuchar a mamá, me llamó la atención que me dijera que no estoy llamado a preocuparme por nada en la vida, por lo que le pregunté, por qué me decía eso. De inmediato me respondió con algo que consideré una leyenda suya.

 La explicación que mamá me dio fue que cuando estaba embarazada de mí, al tercer mes de gestación procedió a inyectarse varias “vacunas” para que su criatura, que luego sería yo, fuera inmune a todas las cosas malas que podrían afectarla desde el nacimiento hasta su muerte.

 Luego de oír con mucha atención el relato de mamá, la cuestioné en el sentido de contra cuales enfermedades actuaban esas “vacunas” que se había aplicado durante el tiempo que permanecí en su vientre.

 Mi vieja no perdió el más mínimo tiempo para contestarme; lo hizo diciéndome que “las vacunas” que se inyectó servirían en el futuro   para librarme de todo, incluyendo los malos espíritus, y principalmente de las maldiciones que pudieran   lanzarme mis adversarios mientras viviera.

  

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