Honrar las ideas
La inclinación a ellas ha de ser el resultado del cariño finamente cultivado en nuestra conciencia, lo que nos lleva a ligarlas en forma indisoluble en nuestro pensamiento.

Por: Ramón Antonio Veras.

Por muy degradada que esté una sociedad, en su seno necesariamente hay personas que no se corrompen, porque están formadas para permanecer inmunes a los vicios sociales; intactas ante las tentaciones que puedan presentarse; ser extrañas a las seducciones pecaminosas.

La realidad histórica de nuestro país ha demostrado que no obstante el estado calamitoso que se encuentra el medio social dominicano, todavía es posible contar con mujeres y hombres de valía, que pueden exhibir una página limpia, de comportamiento correcto, sin tachas.

 La reciedumbre de buena formación, el vigor en el buen proceder, y la entereza de vida ejemplar se hace más notoria en la medida que el medio social se debilita en lo ético y moral, porque es ahí donde sobresale el aguante, el aplomo de quienes están libres de flaquezas.

 Aquellos que están educados para ser íntegros; instruidos para ser probos y honrados  por entero, pueden moverse en agua y tierra firme, y nada les modifica su carácter, porque fueron adiestrados  para vivir dignamente en la línea de ser coherentes en su pensar y actuar.

 Quien predica la necesidad de crear una sociedad justa debe mantener una conducta inquebrantable, inequívoca e incuestionable. La concordancia de vida hace posible al actor ser visto invariable en sus ideas, libre de duda en su accionar, sin sospecha en su mensaje y en sus actuaciones.

El apego a las ideas políticas debemos llevarlo a cabo con firmeza; quererlas con el convencimiento de que nos simpatizan porque son buenas, sanas y convenientes para el bien de la sociedad. La inclinación a ellas ha de ser el resultado del cariño finamente cultivado en nuestra conciencia, lo que nos lleva a ligarlas en forma indisoluble en nuestro pensamiento.

 Aquel que en política se ha mantenido meritorio defendiendo su ideario, debe conservar su honorabilidad, sin tomar en cuenta lo deshonrosa que está la politiquería; lo vergonzoso, oprobioso y afrentoso que es ser político vinculado con el sistema. El proceder desfachatado, descarado y atrevido ha hecho que la política sea vista como algo que degrada, propio de truhanes.

 La ideología que se abraza debe ser enaltecida por quien la propaga; encumbrada por el que procura hacerla atractiva; engrandecerla con actuaciones el individuo que la defiende como lo correcto y adecuado para que prevalezca sobre las que se le oponen. La forma de pensar y actuar define a la persona y a sus ideales. 

 La persona de ideas liberadoras hace trabajo político en base a exponer con claridad, porque procura orientar con sinceridad, a diferencia de los politiqueros que tienen como finalidad sembrar en sus seguidores la confusión, la vacilación y la incertidumbre.

Solamente es posible la aprobación de los pueblos a las teorías que les transmiten sus dirigentes cuando están conscientes de dar su consentimiento a lo que es conforme a su demanda, aspiración y sentir. Es una anuencia fruto de la conciencia.

Es de fiar aquel que es consecuente con el plan que predica demostrando así lealtad a sus convicciones y, de igual manera, se hace merecedor de consideración en política quien por devoción a sus creencias cumple con exactitud lo que es de interés para la generalidad de los miembros de la sociedad.

 Da prueba de honradez en las actividades políticas aquel que con el fin de materializar sus creencias llega hasta el sacrificio. La nobleza tiene significación cuando el actor político le hace honor levantándola por encima de conveniencias particulares.

 El luchador político demuestra ser coherente en sus actividades cuando plantea, elabora planes sociales confiables y motiva confianza en el seno del pueblo. La seriedad en política genera seguridad, creencia y certidumbre en quien levanta sus ideas con entusiasmo, aplomo y mensaje de esperanza.

El ciudadano o la ciudadana de firmes convicciones, que honra sus creencias y confía en la potencialidad de su pueblo para cambiar el país para bien, tiene un compromiso ineludible; un deber que no puede soslayar; y mucho menos transigir comportándose indiferente ante la cochambre que nos afecta. 

 Todos aquellos que se iniciaron en la actividad política movidos por ideales, deben mantenerlos con  la compostura, la dignidad y la mesura que caracteriza a los que luchan sinceramente por cambios sociales,  aunque hoy se encuentran haciendo política en el pantano nacional dominicano. El estado de gravedad de una sociedad no impone la actuación incorrecta, el descaro político.

 Sin importar la vehemencia y el entusiasmo que se manifieste, el sentir político debe ser ejercido conservando la creencia con decencia, porque ella refleja la conducta del accionante. Actuar en forma iracunda es un reflejo de que no hay madurez y que el arrebato se ha apoderado de quien quiere imponer su criterio a rajatablas, atropellando sin miramientos, desconsiderando sin contemplación alguna.

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