Armar a nuestro pueblo de determinación
Por: Ramón Antonio Veras.

Ha sido una constante de la especie humana el tránsito de un estado inferior a otro superior, expresado desde el desarrollo del cerebro por medio del trabajo y en la  lucha con la naturaleza exterior para modificarla y adaptarla a sus necesidades, hasta llegar hoy a la conquista del espacio sideral.

El desarrollo se alcanza cambiando lo que está añejo por lo nuevo; eliminando lo que traba el crecimiento de lo que es avance. Hay que hacer que tome distancia lo que necesita expandirse sin encontrar nada que lo detenga.  No conviene cerrarle el paso a lo que se pone en ejecución para que se materialice el objetivo que se busca lograr.

 El éxito lo alcanza quien acciona confiando en que para lograrlo debe fiarse en su esfuerzo, creer en lo que hace, desechando todo lo que puede motivarlo a poner en tela de juicio su triunfo. La seguridad, la certeza hace posible ir hacia delante, y no quedarse atrás, ni mucho menos retroceder. A una comunidad humana le conviene contar con personas que tengan el convencimiento de que hay que ganar espacio y progresar fijando ideas en la superación para nunca detenerse, y llegar así a tener lo deseado.

En cada país los exitosos no se amilanan, ni creen en el fatalismo. Son personas decididas, resueltas y enérgicas; muy diferentes a los cobardes, los pusilánimes que siempre se quedan atrás, y no avanzan porque tienen su voluntad aniquilada.

La experiencia nos dice que los pueblos que avanzan en el orden material y espiritual son aquellos que creen en el progreso, en los triunfadores y victoriosos. La grandeza se mide por la gloria alcanzada interpretando el sentir de las masas, cuando son orientadas para prevalecer y vencer, no para fracasar ni sucumbir sin luchar.

Hay que pensar positivo, actuar sin duda, comportarse sin vacilación; proceder con la creencia de que trabajamos para obtener lo que es útil para la sociedad. Hay que quitar de nuestro lado todo lo que nos haga recordar calamidad, adversidad y pesimismo. Solo el optimismo nos convierte en ser realizados esperanzadores.

A nuestro pueblo hay que animarlo, entusiasmarlo, armarlo de determinación; estimularlo para que confíe en sus propias fuerzas; alentarlo para que se apodere de la alegría; se llene de bríos; se sienta divertido; enamorado de lo que necesariamente tiene que llegar a ser realizado.

Lo fructuoso, lo productivo, lo fecundo debe ser colocado en primer orden por los que aquí creen que podemos construir otra sociedad que haga la existencia llevadera a las grandes mayorías nacionales. Sobre las cenizas de la base económica actual, debemos erigir otra totalmente distinta, en la cual estarían encantados los que aquí son los más, el pueblo.

Por muy averiada que esté una sociedad humana, en su seno hay fuerzas económicas, políticas y sociales con la suficiente capacidad creadora y dinamismo para sacarla hacia delante. El espíritu, el aliento y vigor de los que confían en el porvenir luminoso, están por encima de los abatidos y desalentados.

Históricamente, el progreso es obra de los que están formados para fortalecer y vigorizar con su decisión de avanzar. El decaimiento, la declinación de la voluntad solo conduce a disminuir, a sentirse en declive, algo que solo domina a los derrotados, a los perdedores.

  El deseo de tener un gran país está en quienes confiamos que un futuro mejor es posible; que la confianza para triunfar suma bríos y aporta vivacidad. Por muy espinoso, peliagudo y difícil que sea el presente, la aspiración al triunfo convierte el porvenir en algo simple, sencillo.

 Aquellos que cifran positivas esperanzas para que podamos levantar una nación diferente a la actual, deben confiar en que tiempos mejores van a venir, y así nos olvidaremos de pesares, desgracias, catástrofes, infortunios y prejuicios. La determinación de vivir con alegría, gozo y pleno júbilo, entraña mirar en el presente un futuro halagüeño.

 La realidad ha demostrado que cuando las mujeres y los hombres más consecuentes de la sociedad se ponen en tensión y demuestran diligencia, se logran los objetivos perseguidos, y la felicidad llega, desplazando la tristeza, la desventura y el desencanto. La prosperidad, el bienestar se construye con el esfuerzo colectivo de aquellos que hacen descansar el avance en el trabajo.

 Debemos poner por delante el pensamiento   de cambiar el medio donde vivimos hoy para salir de los lamentos; empinarnos a los fines de estar  en condiciones de superar todo lo que nos hace débil, porque sabemos que contamos con  las  potencialidades que permiten convertir a los pueblos de endebles en robustos y resistentes. 

Sin titubeos hay que armarse de bríos; en ningún momento flaquear ni anímicamente desmoronarse. No podemos andar de capa caída, como si hubiéramos dejado de ser el pueblo batallador  para convertirnos en  fracasados,  con tendencia al amilanamiento  y cobardía.

 En busca de salir adelante como país debemos estar siempre dispuestos a estar allí donde se quiere avanzar, a disposición de lo que es necesario para contribuir al desarrollo; preparados para contribuir en lo que es beneficioso para ser un pueblo presto al triunfo.

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