El día de la retirada de las tropas de EEUU en 1924
Con el fin de hacer mas inteligible el discurso historico acerca del progresivo devenir del hombre en sociedad, entre historiadores ha sido costumbre divid

Por: Juan Daniel Balcácer

Con el fin de hacer más inteligible el discurso histórico acerca del progresivo devenir del hombre en sociedad, entre historiadores ha sido costumbre dividir el tiempo, segmentarlo en etapas temporales que, en el marco de espacios específicos, posibilitan una mejor comprensión de los acontecimientos históricos.

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 Así, según André BurguiËre, “Antigüedad, edad media, renacimiento, tiempos modernos, historia contemporánea, [es una] taxonomía [que] subdivide la historia en una periodización, verdadera clave de lectura, que pone de relieve los presupuestos implícitos del historiador”.

La historiografía dominicana, especialmente la destinada a la enseñanza de la Historia Patria, no escapa a esta tradición que data del siglo XIX cuando predominaba la denominada “historia positivista” cuyo principal exponente fue Leopold von Ranke. 

Cualquier estudioso del proceso histórico nacional puede constatar que los textos de historia patria tradicionales han sido diseñados conforme al principio de la periodización, a fin de que la narración de los acontecimientos objeto de estudio resulte inteligible para el ciudadano, de conformidad con determinados presupuestos ideológicos y metodológicos.

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En el primer tomo del Compendio de la historia de Santo Domingo, de José Gabriel García, puede leerse que “la historia de Santo Domingo está naturalmente dividida en nueve épocas, subdividas en diferentes períodos”. 

El descubrimiento, la conquista, la colonización, las invasiones marítimas y terrestres, la dominación haitiana, la independencia, la anexión, la restauración, en fin, cada uno de los acontecimientos o procesos claves del devenir histórico del pueblo de Santo Domingo es explicado por García desde una perspectiva de periodización del proceso histórico nacional. 

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Precisamente es a José Gabriel García, considerado el padre de la historia dominicana, a quien debemos el siguiente esquema: Primera República, que abarca desde el 27 de febrero de 1844 hasta el 18 de marzo de 1861, cuando tuvo lugar la Anexión a España, y Segunda República, que cubre el período que transcurre desde 1865 hasta 1916, cuando el Estado nación fue nueva vez suprimido a raíz de la primera ocupación militar norteamericana.

Sabemos que el 18 de marzo de 1861, a raíz de la anexión de Santo Domingo a España, la soberanía adquirida el 27 de febrero de 1844 se desvaneció y los dominicanos de la época pasaron a ser gobernados por extranjeros bajo la modalidad de Provincia Ultramarina de la antigua Madre Patria. 

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Al cabo de dos años, sin embargo, por obra de la gran mayoría del pueblo dominicano, el Estado-nación o, lo que es lo mismo, la República Dominicana, fue restaurado tras una intensa y continua guerra de liberación nacional que inició el 16 de agosto de 1863 y culminó triunfante el 12 de julio de 1865, cuando las tropas españolas abandonaron la isla de Santo Domingo.

Con posterioridad a la Guerra de la Restauración -que el Maestro Hostos consideraba como nuestra auténtica independencia-, el constituyente dominicano, consciente de la trascendencia continental de la Revolución Restauradora y acatando la voluntad del Gobierno Restaurador expresada en el Decreto del 11 de agosto de 1864, hizo consagrar en la Reforma Constitucional de 1866 que el 16 de agosto -en adición al 27 de Febrero- también era “día de fiesta nacional”; disposición que continúa vigente en la Carta Sustantiva del pueblo dominicano.  

Es evidente que cada una de esas fechas está relacionada con dos procesos históricos fundamentales: la Independencia Nacional y la Guerra Restauradora. Hay quienes sostienen que es innecesario hablar de “tres repúblicas”, porque en realidad sólo ha existido una sola, la del 27 de Febrero de 1844. En cierto sentido tal razonamiento, además de lógico, es histórico y exacto. 

Sin embargo, debido a lo accidentado del devenir histórico nacional y, sobre todo, a las interrupciones institucionales que hemos padecido como consecuencia de la injerencia de potencias extranjeras en los asuntos domésticos de los dominicanos, es preciso hablar de Primera República (1844), Segunda República (1865) y finalmente Tercera República (1924); cosa que facilita una mejor comprensión de los fenómenos sociales acaecidos en el decurso de esos tres períodos históricos.

¿Por qué? “Porque -según el historiador Pedro Troncoso Sánchez- en nuestra accidentada vida republicana hemos tenido dos momentos en que se ha interrumpido institucionalmente la República. Fueron dos momentos de solución de continuidad, dos hiatos, en la vida de la República: de 1861 a 1863 y de 1916 a 1924. 

De hecho, o de jure, como pudiera afirmarse respecto de la primera interrupción, dejó de haber un gobierno dominicano, formado por dominicanos, para estar constituido por extranjeros que se subrogaron en la soberanía dominicana. En 1965 hubo un desembarco de tropas extranjeras pero en ningún momento dejó de haber gobierno dominicano”.

“De modo que existiendo esos dos hiatos en nuestra vida republicana es forzoso denominar de alguna manera los tres períodos divididos por esos dos hiatos”, concluyó Troncoso Sánchez.

Transcurridos los ocho años de eclipse de la soberanía nacional, la bandera de los Estados Unidos fue arriada el 12 de julio de 1924 de la Torre del Homenaje y de las oficinas públicas en todo el país, y en su lugar fue izada la gloriosa bandera tricolor de los trinitarios, fundadores de la República. 

Ese día, además, se instaló el gobierno constitucional que presidió el general Horacio Vásquez, ganador de los comicios generales celebrados en el mes de marzo de ese año; y apenas cuatro días antes, el presidente provisional de la República, Juan Bautista Vicini Burgos, emitió el Decreto No. 246 que declaraba día festivo el 12 de julio de 1924, así como el día anterior, “con motivo de los diferentes actos que se celebrarán en ocasión de la instalación del Gobierno Constitucional de la República”.

En ese mismo año el presidente Vásquez promovió una reforma a nuestra Carta Magna, pero el legislador no declaró “día de fiesta nacional” el 12 de julio de 1924, sino que se limitó a consignar que el 27 de Febrero y el 16 de Agosto, eran los “únicos días de fiesta nacional”. 

¿Qué ocurrió? ¿Acaso no se quería herir susceptibilidades en la administración republicana de Warren Harding, festejando como efemérides independentista el día de la retirada definitiva de las tropas militares de nuestro país? ¿O el desmedido culto al caudillismo impidió que se le confiriera al 12 de julio de 1924 la categoría de “día de júbilo nacional” y a su principal propulsor, el licenciado Francisco J. Peynado (que había perdido las elecciones frente a Horacio Vásquez), el reconocimiento de su condición de Prócer de la Tercera República?

Se trata de meras conjeturas e interrogantes. Pero lo cierto es que la generalidad de los historiadores, al narrar el acontecer republicano, establecen la siguiente periodización: Primera República (1844-1865); Segunda República (1865-1916); y Tercera República, desde 1924 hasta el presente. 

De las dos primeras Repúblicas, por mandato constitucional, los dominicanos celebramos el 27 de Febrero y el 16 de Agosto como días de fiesta nacional, no así con el 12 de julio de 1924, fecha que evidentemente ha sido relegada al olvido.

Es de justicia destacar que hace algunos años, durante la época en que fue legislador, el licenciado Pelegrín Castillo fue uno de los principales propulsores de un anteproyecto de ley para declarar el 12 de julio de cada año “Día de fiesta nacional con carácter laborable”.

 Aun cuando no prosperó esa iniciativa legislativa, en los archivos del Congreso Nacional pudo comprobarse que durante el gobierno constitucional de 1963, presidido por Juan Bosch, fue aprobada y sancionada la Ley No. 50 que declaró “Día conmemorativo el 12 de Julio de cada año” en virtud de que se trata de la “Fecha aniversario de la Desocupación del Territorio Nacional por las Fuerzas Militares Norteamericanas” y, en consecuencia, del rescate de la soberanía nacional al amparo de un Estado, esencialmente dirigido por dominicanos.

No obstante, para que el dispositivo de esa ley adquiera categoría de un hecho histórico trascendente y sea internalizado en la memoria colectiva de los dominicanos, es menester que en los textos de historia patria se enfatice y explique al estudiante qué fue y qué significó la lucha nacionalista del pueblo dominicano contra la Ocupación Militar por parte de la Infantería de los Estados Unidos en el interregno 1916-1924. 

Solo así se podrá recuperar la fecha del 12 de julio de 1924, injustamente relegada al olvido, toda vez que esa efeméride sintetiza tanto el gran esfuerzo como el noble sacrificio de no pocos gladiadores del patriotismo dominicano quienes, al cabo de ocho años de resistencia, lograron restaurar por segunda vez la soberanía nacional, propiciando así el nacimiento de la Tercera República que, desde entonces, no ha vuelto a colapsar por virtud de una ocupación militar extranjera.

El autor es historiador.
Miembro de Número de la Academia
Dominicana de la Historia.

Fuente: Listin Diario

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